En la actualidad Esparta es una pequeña población de la zona sur de la Grecia continental, capital de la provincia de Laconia. Apenas supera los 20.000 habitantes y la agricultura de tipo mediterráneo, es su principal actividad económica. Es posible que no exageremos si decimos que las dimensiones de la actual Esparta no varían demasiado con respecto a la época de la antigua Grecia: un pequeño pueblo a orillas del río Eurotas, en un valle rodeado de montañas y barrancos, dónde sus gentes vivían de cultivar unas tierras pobres que producían escasamente para el mantenimiento de toda la comunidad.
Unos setecientos años antes del nacimiento de Cristo, Esparta era una pequeña comunidad independiente, pobre, escasamente poblada y en continuo conflicto con el resto de ciudades griegas que también tenían el mismo origen dorio que los espartanos. Inicialmente, la ciudad de Esparta se constituyó por la agrupación de cuatro aldeas del valle del río Eurotas, en la península del Peloponeso. Agricultura de azada, ovejas, cabras, algunas vacas y muy poco comercio eran los medios de vida básicos del pueblo espartano. En el momento de su fundación Esparta tenía un futuro muy poco prometedor. Se encontraba en medio de una geografía muy adversa, tenía pocos recursos y población, y estaba rodeada por ciudades griegas mucho más grandes y poderosas como Atenas o Corinto, y todo eso sin contar la eterna amenaza que suponían las intentonas invasoras del imperio persa. Pero aquella pequeña ciudad griega, modesta y rodeada de enemigos, no era atacada nunca porque los espartanos elaboraron un sistema defensivo acorde con sus limitadas posibilidades.
“Somos pocos pero muy buenos. Pensaos bien el atacarnos porque vuestra victoria puede resultaros más dolorosa que nuestra derrota”. Ése era el pensamiento que se transmitía desde Esparta a todo el mundo griego. Sorprendentemente Esparta no tenía murallas, un suicidio militar para cualquier ciudad del mundo antiguo, y eso se debía, según Jenofonte, a que los espartanos no necesitaban murallas porque tenían sus escudos. Lo cierto es que Licurgo, o los dirigentes espartanos del siglo VI a. C., convirtieron la ciudad de Esparta en un cuartel en el que todo individuo, hombre o mujer, nacido en Esparta y que hubiera superado la selección de los éforos (sacerdotes) cuando nacía, quedaba sujeto al servicio de la comunidad y era formado a través de la agogé (educación).
Desde los siete años, los niños homoi eran integrados en la agogé, un sistema educativo obligatorio y militarista. El objetivo de la agogé era transformar a un niño pequeño en una verdadera bestia humana fuerte, resistente al hambre, a la sed, al frío, al calor, al dolor y cualquier otro tipo de privación. Cuando un homoi había completado su formación a los veinte años era lo suficientemente disciplinado para matar cualquier cosa que se moviera o para morir en combate si era necesario. Era un soldado que mataría y moriría sin una sola queja.
Pero en Esparta siempre fueron conscientes de la importancia que tenía el otro 50% de la población: las mujeres. Porque los futuros guerreros que tendrían que defender a Esparta no nacían de los árboles sino de mujeres tan duras y entrenadas como cualquier hoplita. Las niñas espartanas eran entrenadas tanto física como sentimentalmente para la principal función que debían cumplir en la vida: producir espartanos sanos y fuertes. No había lugar para el sentimentalismo ni la ternura. Desde niñas eran obligadas a corregir cualquier rasgo de feminidad y para ello practicaban sin descanso gimnasia, lucha y atletismo. Sólo vestían el peplo (túnica), no tenían joyas ni maquillajes y a las mujeres solteras se les permitía ir a los juegos y fiestas pero debían hacerlo desnudas. Disponían de una amplia libertad de movimientos a diferencia de las mujeres de otras ciudades griegas, podían circular libremente por Esparta y hablar de lo que quisieran con quien les pareciera. Recibían herencias de sus padres y hermanos y las administraban según su criterio porque esos bienes pasaban a formar parte de su patrimonio personal. Y es que, además de darle soldados a Esparta, una mujer espartana tenía la obligación de gestionar la economía familiar y con ello no nos estamos refiriendo a las clásicas tareas del hogar, porque para eso ya estaban las esclavas. Eran las espartanas las que decidían y ordenaban todo lo relacionado con la vida familiar mientras que su marido, padre, hermano o hijo se dedicaban a entrenar para la guerra o cortarle el cuello a los enemigos. A diferencia de lo que ha sucedido en otras culturas de la Historia, la mujer espartana no era propiedad de ningún hombre, sólo pertenecía a Esparta y a ella debía servir y las leyes y costumbres espartanas la amparaban en caso de que quisiera abandonar a su marido. Uno de los aspectos más llamativos de la forma de vida de las espartanas era el matrimonio. Los hombres espartanos no podían casarse hasta los treinta años, y cuando llegaban a esa edad ya habían pasado por trece años de escuela militar y por diez años de servicio en el ejército por lo que podemos intuir que un recién casado espartano no era un tierno enamorado precisamente. Pero su esposa tampoco era una flor silvestre. No había pasado su juventud tejiendo el ajuar, sino haciendo frente a las responsabilidades familiares y practicando lucha y múltiples actividades gimnásticas. Una vez celebrado el matrimonio, lo que venía no era una “luna de miel al uso”. Cuando el marido intentaba mantener relaciones sexuales la mujer espartana tenía la obligación de resistir de todas las formas posibles porque todo espartano debía ser engendrado en un combate. Patadas, puñetazos, bofetadas, arañazos, mordiscos, golpes y todo tipo de agresión física le estaban permitidas a las mujeres espartanas mientras que sus maridos tenían que aguantar y no podían devolver los ataques que recibían por parte de sus esposas. Maltratar o asesinar a una mujer espartana era un delito gravemente castigado por la ley porque perder a una mujer era privar al ejército espartano de varios hoplitas potenciales o a Esparta de futuras madres, y esto era algo que la pequeña ciudad de Laconia no se podía permitir.
Decía Plutarco que cuando un joven soldado espartano marchaba a su primera batalla, su madre lo sacaba de la casa y le entregaba un escudo al mismo tiempo que le decía: “Volverás con esto o sobre esto”. Su madre le decía que tenía que ir a la guerra y sólo podía regresar con su escudo, habiendo vencido o sobre su escudo, tal y como se transportaba a los hoplitas muertos; pero jamás le permitiría que regresara vivo y derrotado. Así despedían las madres a los hijos, sin llantos, sin gritos, sin súplicas y sin tragedias. Ellas sabían que sus hijos nacían para la guerra y pertenecían a Esparta, al igual que ellas que no tendrían reparos en entregar todas las vidas que fueran capaces de engendrar y, en última instancia, hasta la suya propia.
Fascinante....
4 comentarios:
Gracias por ilustrarnos, siempre es bueno saber más. :)
Nunca te acostarás sin saber algo más.
y que viva las espartanas!! y pensar que ahora en pleno siglo XXI estamos mucho mas atrasados que ellos....que triste...
muy buena entrada tia
..a pesar del atraso, prefiero ser dueña de mis emociones y poder expresarlas, sentirlas, transmitirlas..ellas no podían..eso que se perdieron.
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